viernes, 23 de junio de 2017

El pirata Roberts, Sherezade y el Storytelling




La primera vez que vi La Princesa prometida, me enamoré del pirata Roberts. No de Cary Elwes (que también) sino de la idea de un personaje que está por encima de quien lo representa, no importa quién se esconda detrás del antifaz negro, sino la leyenda que arrastra el nombre, el miedo que provoca. El misterio. 

Vale, paro un segundo. 

Si no habéis leído o visto La Princesa prometida no sabéis de lo que estoy hablando. Roberts es un pirata invencible, un hombre al que todos temen. Pero lo cierto es que detrás de ese nombre se esconde una hilera interminable de hombres que han pirateado durante un tiempo, se han retirado llegados a esa edad en la que a todos nos apetece desaparecer en isla de clima estable, cocos con banderitas y cofres llenos de oro. Y otro, más joven, más hambriento, con menos oro en los bolsillos, ocupa su lugar y toma su nombre. Wesley cae preso en el barco del Roberts del momento y el pirata, sabe Dios por qué, decide no matarlo, por si sirve para el relevo. Tal es mi obsesión con este personaje que, en todas las novelas que escribo, aparece. Aguanta en la primera versión y luego, en alguna de las muchas revisiones, desaparece. Tengo guardados tantos párrafos con descripciones de piratas Roberts adaptados que puede que algún día haga una novela con todos ellos. 


Estoy ahorrando para jubilarme aquí, mientras unos cuantos Roberts me abanican

El caso es que Roberts siempre me ha recordado a Sherezade y estoy convencida de que William Goldman quiso hacer un guiño o un homenaje al cuento de «Las mil y una noches» con este personaje. «Hoy no te mataré —le decía el pirata a Wesley antes de que él mismo ocupase el puesto— tal vez mañana».

Hace unos meses pude leer un libro sobre oratoria y el poder de la palabra que se ha presentado esta semana: Convence y Vencerás, de Antonio Fabregat. Sí, no es casual el apellido, somos una familia de artistas, qué le vamos a hacer. El caso es que el último capítulo del libro habla de Sherezade y del Storytelling o, como bien dijo Francisco Valiente, uno de los colaboradores del libro, la teoría del relato. Somos cotillas por naturaleza, decía Valiente, y por eso nos interesa la vida de quien nos está hablando, sus anécdotas. Porque si alguien que se sube a una tarima para convencernos de lo que sea, empieza a hablar contando un suceso que le ocurrió en la infancia o cuando buscaba trabajo o con su primera pareja, atrapa nuestra atención. Como Sherezade, dice el libro, se gana la atención de quien quiere matarla. Un orador pretende convencer a su auditorio de que su postura es la buena y utiliza las historias personales para humanizarse, para buscar la empatía. Los escritores queremos convencer a los lectores de que todo lo que les contamos es cierto y utilizamos para ello las historias de los personajes, sus anécdotas, porque eso los humaniza. 

Pero es más fácil creer a Sherezade que a Wesley. Ella viste gasas y él cuero negro (que, la verdad, para estar surcando los mares y escalando acantilados, me resulta un poco incómoda la indumentaria). Él se convierte en un ágil escalador, un increíble espadachín, un estratega inteligente; ella, solo salva la vida. Él es un personaje de ficción; ella, una leyenda. En definitiva, él se encuentra con el destino y ella se lo trabaja. Y esto es algo sobre lo que podemos reflexionar en dos direcciones: al crear a nuestros personajes y al crearnos nosotros. 

Imagínate ir todo el día en un barco con estas pintas

Nuestros personajes, esto lo sabe cualquiera que ha dedicado un ratito a analizar lo que lee y lo que escribe, tienen que trabajarse su destino. Los personajes víctimas a los que les pasa de todo son aburridos, nos dan pena un ratito, pero a las pocas páginas queremos zarandearlos para que despierten, para que hagan algo; los personajes afortunados a los que la suerte les cae encima son aburridos y nos caen gordos porque no se merecen lo que tienen. Como Wesley, solo que él es guapo y además, pobre, ha sufrido mucho y se redime jugándose la vida para salvar a Buttercup. Qué carajo, y es amigo de Fezzik. Cualquiera que sea amigo de ese gigante tiene que caernos bien a la fuerza. 

Los escritores podemos elegir entre ser Roberts o Sherezade, entre esperar a que la casualidad, el capricho del lector, la buena suerte o un milagro nos conviertan en eternos, en un nombre que provoque una reacción (aunque no sea el miedo) en todo el que lo escuche o en ser alguien que se salva a base de contar historias. Yo, por lo bien que me quedan las gasas y la manía que le tengo al negro, ya he elegido. 



martes, 30 de mayo de 2017

A pecho descubierto

Cada año, el libro de alumnos de la Escuela de Escritores lo prologa un profesor diferente. Este año el honor ha sido mío y me apetece compartirlo.

A pecho descubierto


 Hay escritores de brújula y escritores de mapa. Eso dicen. También los hay de GPS, de miguitas dejadas en un bosque, intérpretes de señales de humo, de sueños, de posos de té y marcas de pintalabios en el borde de una taza. Buscadores de formas en las nubes. Hay tantos tipos de escritor como escritores, porque cada uno de los que nos dedicamos a esta búsqueda de la palabra precisa inventamos nuestra manera de hacerlo invirtiendo horas, energía y más entusiasmo del que cabe entre la piel y los huesos.

La escritura es aprendizaje, es prueba y error, es darse cabezazos contra el teclado unas veces y bailar en pijama en el salón, a media noche, cuando las palabras suenan exactamente como queríamos que sonaran, otras. Todos los autores de este libro lo saben, porque todos y cada uno de ellos son escritores. Escritor es el que escribe (lo sé, lo sé, es una gran frase, se nota que yo tampoco he dejado de aprender). No el que publica, no el que alcanza el éxito, no el que gana un concurso, sino aquel que se deja los dedos en el intento de hacerlo un poco mejor. El que se siente orgulloso de lo que ha escrito y lo muestra, como en este libro, a pecho descubierto.

Los alumnos de la Escuela llegan a los talleres con un objetivo: aprender a escribir. Todos los que nos dedicamos a la escritura fantaseamos en algún momento con publicar un libro, estar en los escaparates de las mejores librerías y firmar ejemplares hasta que nos duela la mano («fotos no, por favor, que no me he maquillado», dice al salir del avión y encontrarse ante una masa de periodistas). Desconfiad del escritor que niegue haberlo pensado. Pero si estamos aquí es porque sabemos que todo eso, aunque lo lográsemos, no es comparable al placer de la experimentación y del crecimiento. Parece una frase hecha, palabras de consuelo, pero podéis creerme, no lo es. Cada autor de los que firma este libro ha sentido el deseo de abandonar, se ha planteado si de verdad merece la pena esperar ansioso el veredicto de un profesor y de un grupo, ha llorado a escondidas cuando nadie ha entendido su mensaje, pero también ha vivido el instante de satisfacción en el que ese profesor que la semana pasada dijo que el texto necesitaba una revisión profunda hoy dice «enhorabuena» o «ahora sí» o se queda callado un segundo antes de empezar a hablar, porque no encuentra la forma de expresar cuánto le ha gustado. En una de mis últimas clases escribí en el margen del texto de una alumna: «Joder, qué buena idea». Dos días después me contó que le había hecho una fotografía a mis garabatos. Ojalá la mire cada vez que sienta deseos de abandonar.

Vais a leer cuentos, poemas, artículos, fragmentos de novela, críticas de cine... Comprenderéis algunos, os identificaréis con otros y seguro que también releeréis párrafos completos con la sensación de que se os escapa algo. Pero sentíos afortunados, porque estaréis en todos los casos ante un proceso que pocos lectores tienen la oportunidad de vivir: el nacimiento de un escritor. El escritor nace cuando regala a otros sus palabras sin esperar nada a cambio, cuando deja de esconderse en frases como «escribo para mí» o «no necesito que nadie me lea» y vence el vértigo al juicio ajeno a base de esforzarse para mejorar. Nos alimentamos de vuestro gozo en la lectura y de que un lector, solo uno, lo agradezca (si son legiones de lectores agradecidos, tanto mejor, qué duda cabe).

Todos los autores de este libro seguirán creciendo, aprendiendo, experimentando. Nuestra labor como profesores es acompañarlos en ese proceso, guiarlos sin robarles lo que son, lo que eran cuando llegaron. Hacer de ellos un escritor mejor, pero nunca uno distinto. No buscamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza, sino que se encuentren y crezcan. Porque a diferencia de vosotros, los lectores, los profesores hemos tenido el privilegio de contemplar no solo el nacimiento del escritor, sino todo el proceso hasta que ha eclosionado. Y podéis creerme, es un privilegio al que no renunciaría, al que espero no renunciar, por nada del mundo.

Mi deseo al soplar las velas de la tarta imaginaria con la que celebramos el final de este curso es que ninguno de los textos que vais a leer sea el mejor que su autor podría haber escrito, porque eso significaría que se han rendido, que han dejado de aprender. Pero sabed también que estáis ante cuentos, poemas, fragmentos… terminados de los que tanto los autores como los profesores nos sentimos muy orgullosos. Dentro de unos años estos escritores sabrán más, habrán escrito más y tendrán más arrugas en las fotos. Pero seguirán aprendiendo y todos vosotros os sentiréis dichosos por haber sido testigos de una parte del proceso. Por haberlos ayudado a mostrar sus escritos sin red de seguridad, a pecho descubierto.


lunes, 22 de mayo de 2017

Contar sílabas


Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.

Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.

Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el caso es que sin medirlo, ocho vienen y ocho van, en cuanto nos descuidamos. Mira si no los refranes: El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).

Te habrás dado cuenta, pero todos los periodos entre comas o entre puntos del párrafo anterior son octosílabos. Hay frases de tres palabras y otras de siete, pero al oído todas duran lo mismo. Hablo de sílabas métricas, que incluyen sinalefas y alargamientos o acortamientos según cierren con una palabra esdrújula o una aguda. No es que usemos todo el tiempo frases de ocho sílabas, pero sí tenemos una cierta tendencia a hacerlo y eso, más de una vez y más de dos, se traduce en unas cuantas frases seguidas de la misma longitud, lo que provoca un ritmo monótono. Sí, deberíamos seguir el consejo de la imagen y mezclar frases largas con frases cortas, puntos con comas, subordinadas con estructuras simples… Pero no te fíes del todo del número de palabras y tómate la molestia de contar (aunque sea por encima) el número de sílabas de las frases.

Porque hay otra complicación en esto del ritmo. Cuando escribimos varias frases seguidas con la misma duración, se crea en nuestra mente un ritmo musical que nos arrastra hacia la rima como las sirenas hacia las rocas. (¡¡Oh, cielos!! ¡¡Ha dicho rima!!) Mis alumnos saben que soy una obsesa de las rimas, que las persigo, las señalo, les pongo un círculo grande alrededor y dejo que me resbalen las gafas hasta la punta de la nariz para después decir: aquí hay una rima. Si lees de nuevo el párrafo de octosílabos que he puesto un poco más arriba, notarás que falta algo, que el cerebro pide algo que no le estás dando y hace que te atasques un poco o sientas que algunas palabras deberían cambiarse.

Es por la falta de rima.

Lee estas últimas líneas en voz alta:

El que a buen árbol se arrima; Agua que no has de beber; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque no sea un refrán, anda que no lo hemos dicho).
Y ahora vuelve a leer:
Agua que no has de beber; El que a buen árbol se arrima; A caballo regalado; En tu casa o en la mía (y aunque esto no sea un refrán, es frase muy repetida).
¡¡Olé!! Ya sé escribir romances.

Solo he cambiado el orden de las frases, para que funcionasen como versos de rima impar, y he modificado la última para mantener la rima asonante (i-a). Y sí, suena como un poema, como un romance, pero no es eso lo que busco.

En todos mis cursos tengo que parar alguna clase para explicar por qué me obsesionan las rimas. Los que trabajamos con literatura para niños estamos muy acostumbrados a leer textos rimados y poemas, así que no siempre es fácil convencer a los alumnos de que unas veces sí es bueno usar la rima y otras no. Si busco que mi lector cree ese ritmo, esa cancioncilla, en su cabeza, vengan a mí todas las rimas y todas las sílabas contadas. Pero si quiero que se fije en la historia, si quiero que oiga la voz de mi narrador sin darse cuenta de que hay una voz narrando, como si un amigo se la estuviese contando frente a una hoguera, entonces ¿para qué distraerlo?

¿Cuántas veces has cantado una canción sin pararte a pensar lo que decía? Y no hablo solo de canciones en inglés, con esa fonética para la que estamos especialmente dotados (¿quién no ha cantado Las maravillas de malaika?), hablo de canciones que suenan bien, tienen ritmo, son pegadizas… ¿Cien gaviotas dónde irán? Que me perdonen los seguidores de Duncan Dhu, pero ¿qué sentido tenía eso? Yo no quiero que mi lector cante lo que escribo, no quiero que se enganche a la musiquilla y mueva los pies. Prefiero que se meta en la historia, que llore, ría o se enfade por lo que le cuento.

Y esta última frase parece dar a entender que da igual la forma, lo importante es el contenido, pero es todo lo contrario. Para no llamar la atención sobre la forma hay que cuidar la escritura mucho más que para sí hacerlo. Medir las frases y evitar la monotonía, leer en voz alta y evitar las rimas, contar sílabas, contar palabras, contar comas y puntos para que no todas las estructuras sean iguales.

Poner de vez en cuando una frase aislada.

Porque el lector se fijará en esa frase que hemos separado. Sabrá que el narrador, antes de pronunciarla, se ha parado un instante. Y se parará otro instante después de decirla.

Ay. Podría estar horas y horas hablando de ritmo, pero mejor dejémoslo aquí. Eso sí, te propongo un juego: cuenta sílabas. Cuando hables, cuando escuches, cuando escribas, cuando leas. Educa tu oído para diferenciar la longitud de las frases o para detectar cuándo son muy parecidas.


Pero no me culpes si te vuelves un obseso. También los frikis del cómputo silábico tenemos nuestro corazoncito y necesitamos que nos quieran. 

viernes, 21 de abril de 2017

Cuando el nombre es más que un nombre


Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).


Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell

Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.

Holden.

Holden Caulfield.

Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.

El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar un rato a pensar cómo vamos a llamar al protagonista de una historia que pretendemos que se meta en la mente del lector y se haga allí un hueco para siempre.

Como toda palabra, el nombre tiene dos componentes: significante y significado. O lo que es lo mismo, forma y contenido. 

Claudio significa cojo. Ada, la que da alegría. Cándido significa blanco, pero ha evolucionado por una asociación metafórica en inocente e incluso en pusilánime. Y todos conocemos el significado de Blanca, Amador, Esperanza… Hay, por tanto, significados evidentes con los que podemos intentar que nuestro lector haga una asociación de ideas, añadiendo un plus a ese nombre. Si mi personaje se llama Claudio y además cojea, la mayoría de los lectores no reparará en la asociación, pero el que lo haga, se sentirá privilegiado por haber comprendido el juego.

El profesor Snape, de Harry Potter, tiene un nombre fonéticamente muy parecido a snake (serpiente, en inglés). Y hay que reconocer que, cuando aparece, en el primer libro de la saga, pasamos muchas páginas pensando que es una especie de serpiente, capaz de acercarse sin hacer ruido, y peligroso a más no poder. De hecho, esa sensación no desaparece en toda la serie. Y qué decir de Draco Malfoy, tan peligroso y tan engreído como un dragón malo.

Pero tampoco debemos volvernos locos con los significados de los nombres, no es bueno forzar la asociación. Blancanieves es un personaje de cuento infantil y busca esa asociación, explicada desde la primera línea. Pero si Harry Potter se hubiese llamado Mago Potter, nos resultaría excesivo. Una de esas casualidades que se llevan tan mal con la narrativa. Las asociaciones deben ser sutiles, como un regalo para el lector espabilado.

Sobre la forma del nombre de los personajes se puede decir más incluso que sobre el significado. Largos, cortos; fáciles, difíciles; comunes, raros; vocales abiertas, vocales cerradas…

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el lector intentará pronunciarlo. En su mente o cuando hable de él, eso nos da igual. Intentará asociar nombre y personaje, por lo que no parece buena idea utilizar nombres impronunciables. A veces me llegan novelas para corregir (generalmente de género fantástico) en las que un personaje tiene nombre impronunciable. Krther, Smanthgr, o cualquier otra combinación de muchas consonantes y muy pocas vocales, y me paso la novela entera buscando cómo llamarlo. Suelo inventar la forma, transformar lo que el autor me ha dado: Kráter, Esmanthager… Es algo que hacemos todos los lectores, convertir lo impronunciable en algo pronunciable. El problema es que cada lector lo hará según su propio criterio y así nuestro personaje perderá esa exclusividad, esa asociación inequívoca que buscamos.

La combinación de nombre más apellido refuerza la exclusividad. No es lo mismo ser Harry, que ser Harry Potter; ser Ana, que ser Ana Karenina; Gregor, que Gregor Samsa. Pero esto se trata de una opción personal del escritor y de la demanda de la historia. Unos chicos de un instituto cualquiera usarán sus apellidos porque se pasa lista en clase y porque cuando coinciden varios nombres se usa el apellido para diferenciar, pero una novela sobre un personaje que emprende un viaje, narrada en primera persona, a priori, no demanda tanta información. Cien años de soledad narra la historia de una familia, cien años de una familia, ¿cómo no vamos a necesitar su apellido? Pero ¿cuánto necesitamos saber el apellido de Wendy, de Peter Pan? Pues se apellida Gentil. Y resulta cómico que el padre (que es quien aparece con este dato en la novela) se apellide así. Es un guiño de Barrie a los lectores, porque el señor Gentil es muchas cosas, pero no es gentil. Alicia, Matilda, Bastian, Coraline… no necesitan apellido.

Y decía que es una opción del escritor porque a algunos nos cuesta usar apellidos. No nos sentimos cómodos teniendo que exponer el apellido del personaje cada vez que aparece y si no lo usamos tenemos la sensación de que es una información inútil que hemos dado en algún momento y luego no ha ido más allá.

También los sonidos juegan su papel en esto de las asociaciones inconscientes. Las vocales abiertas se asocian, por sinestesia, a figuras redondeadas, líneas suaves. Y esta sinestesia nos lleva a otra: la bondad frente a la maldad, la dulzura frente a la agresividad. Reconozco que es una asociación forzada, pero existe. Igual que la vocal /i/ se asocia, de manera involuntaria, con los diminutivos (y estos con el cariño), así que es más fácil fiarse de alguien que se llama Kiti que de alguien que se llama Kutu.

Los escritores de prosa huimos de la rima que produce cacofonías. Los nombres terminados en /ía/ son una tortura a la hora de evitar esas rimas. También si terminan en /ón/ y, afinando un poco más, las rimas asonantes en /a/-/a/, sobre todo si estamos narrando en pasado y usamos el pretérito imperfecto.

La longitud del nombre también juega su papel a la hora de elegirlos. Cuanto más cortos, más fáciles de recordar, pero los monosílabos se parecen demasiado. Zac, Sol, Bet… Pueden dar la sensación de que todos nuestros personajes se parecen. Por eso es recomendable que haya nombres más cortos y más largos.

Al leer, tendemos a quedarnos con la inicial del nombre (que además está escrita en mayúscula). Poco a poco, página a página, vamos familiarizándonos y memorizando quién es quién. Es bueno evitar iniciales repetidas. Laura y Lucía no se parecen en nada, salvo en esa primera letra, pero muchos lectores confundirán a los dos personajes durante unas cuantas páginas.

Parece de Perogrullo, pero el nombre de nuestro personaje debería dejar claro su sexo, salvo que queramos jugar con la ambigüedad o que haya un motivo para que no sea así. Jorge, unas de las chicas de Las Aventuras de los Cinco, de Enyd Blyton, era mi personaje preferido, tan rebelde que vestía pantalones en vez de las faldas de su prima, tanto, que llevaba el pelo corto; tanto, tanto, que tenía nombre de chico.

Como ocurre con muchas palabras, algunos nombres tienen una tercera dimensión, más allá del significante y el significado: la de la memoria. Existen nombres capaces de evocar un recuerdo, una sensación, incluso de provocar rechazo o cariño. Asociaciones externas de los nombre

Nos es lo mismo llamarse Sigfrido que llamarse Luis. La primera impresión de un personaje que se llama Luis es que vive en un país de habla hispana de siglo XX o el XXI, que pertenece a una familia de clase alta, media o baja. Es decir, es un nombre atemporal, agreográfico y sin marca social. Un nombre neutro con el que no asociamos prácticamente nada, más allá del sexo.

En el nombre de un personaje puede haber información implícita (sutilmente implícita) sobre su edad, su lugar de nacimiento, su clase social y hasta parte del carácter de su familia. Y digo de su familia, porque el nombre no lo elige el personaje, sino que otros lo han elegido por él (luego hablaremos de los apodos, que son cosa bien distinta). Tengo unas amiga cuyo nombre empieza por B. El suyo, y el de sus cuatro hermanos, y más de una vez  he pensado robarle la idea para caracterizar a una familia de personajes que siguieran esa tradición. Todos los primos de la misma generación tendrían nombres que empezasen por la misma letra. Hasta que alguien, el díscolo de la familia, decidiera romper con la costumbre. 

Estas son, como la Jorge, la coprotagonista de Los Cinco, asociaciones que tienen que ver con el carácter de los personajes. Los nombres con marca geográfica (Olaf), temporal (Arsenio, que hoy podría resultar antiguo), social (Fernando María parece remitir a las clases altas y más conservadoras) ayudan a configurar la ambientación de la historia, el entorno del personaje.

Un apartado específico y muchas horas de debate merecen los nombres extranjeros. Del mismo modo que el inglés se ha ido colando en nuestro idioma para la terminología más técnica o más moderna, también ha “contaminado” nuestro listado de nombres. Jessica, Vanessa (poned atención a la ese repetida), Jonatan… son nombres cada vez más populares. O lo han sido unos años atrás. Pero no me refiero a estos, que podemos tomar casi como nombres de nuestro idioma, si acaso con una marca social o temporal, sino a novelas en las que, incomprensiblemente, los protagonistas se llaman Peter, Edward o Alan. Es otro tema sobre el que hablar en otro momento, porque muchos autores creen que al “americanizar” sus historias las hacen más universales de cara a una futura distribución. Junto al nombre del personaje aparecen localizaciones como Wyoming, Nueva York o Seattle, aunque los personajes en realidad vivan y se comporten como chicos de un barrio de Madrid o de Buenos Aires y los edificios respondan más al perfil de Carabanchel, que al de Brooklyn y estudien Secundaria y no High School.

Hasta ahora he estado divagando sobre nombres humanos. Pero en la narrativa fantástica aparecen razas diferentes a la nuestra. Dice mi amigo Javier que cualquier nombre español, convertido en esdrújulo, parece élfico. Áragon, de El señor de los anillos, no parecía tan fantástico si se llamase Aragón (aunque él no sea un elfo). Cualquier nombre más o menos neutro, más o menos común, adquiere una dimensión fantástica y lejana cuando cambiamos el acento, cuando añadimos una h o un s, o incluso acentos gráficos poco comunes (como la diéresis) o ajenos (como los circunflejos) a nuestro idioma. Son recursos que permiten mantener la norma de fácil pronunciación pese a la extrañeza de la forma.

He dicho antes que el nombre viene impuesto por la familia o por quien tenga la autoridad sobre un personaje. Pero en el caso de los apodos es diferente. Un apodo es un rasgo distintivo, es algo que identifica a nuestro personaje y solo a él. En Yo conocí a Muelle, novela de Jorge Gómez Soto cuyos protagonistas son unos grafiteros que siguen la estela del famoso artista callejero madrileño Muelle, el protagonista, Luis, toma conciencia de que en realidad él no es como sus amigos, que casi le hacen el favor de dejarle formar parte de su colectivo. Y lo dice así (hablando consigo mismo):

No te dejes llevar por Don Delirios de Grandeza y escucha la cruda verdad: podrás hacerte conocido, llenarás de firmas mil paredes, tendrás el respeto de muchos por pertenecer a los CC, harás algunos grafitis medio decentes, pero tú sabes (aunque todavía no estés preparado para admitirlo) que nunca vas a ser uno de los grandes, ni siquiera de los medianos. Olvídate de deslumbrar. ¿No te das cuenta de que a Hot lo llaman Hot y a ti te llaman Luis? Es un detalle insignificante, pero revelador.

El apodo puede elegirlo el propio personaje o que se lo adjudiquen otros. Si se da el primer caso, el personaje se identifica con ese apodo, y por tanto nos dan una idea a los lectores no solo de cómo es, sino sobre todo de cómo se ve a sí mismo.

Si, por el contrario, lo eligen otros, puede tener una carga positiva o negativa y nos indica cómo ven al personaje desde fuera y qué relación tiene con su entorno. Manolito Gafotas tiene ese nombre porque, al llevar gafas, alguien en su entorno ha querido reírse de él, pero su personalidad es la de alguien que intenta convertir todo en algo positivo, en algo aprovechable para su bienestar, así que ha decidido hacerlo suyo y con eso deja de ser un insulto para convertirse en un valor añadido del personaje.

En Y decirte una estupidez, por ejemplo, te quiero, de Martín Casariego, el protagonista y narrador de la novela da más de veinte apodos diferentes a Sara, la chica que le gusta. Saraapartamiradas, Saraprincesa… es una forma de definir al personaje, de describirlo y de hacerlo desde un punto de vista totalmente subjetivo. Sara es el personaje de las mil caras, la adolescente más cambiante que ha dado la literatura. Y sus nombres lo reflejan.


Para terminar, el nombre del personaje habla de él, de su entorno, incluso del género o el enfoque de la historia. No brindar esa información al lector es desaprovechar una oportunidad de llegar a él. 

miércoles, 27 de julio de 2016

Plan de escritura en cinco días

Hoy cerramos el taller de Escritura Creativa para adolescentes en Escuela de Escritores. Ha sido divertido, pero, sobre todo, ha sido sorprendente. Ay, lo que hubiera dado yo por encontrar algo así cuando tenía doce o trece años.
Los chicos del taller no necesitan empujones para lanzarse a escribir, pero aun así, voy a proponerles un plan de cinco días para romper cualquier bloqueo.
Os lo dejo aquí por si soy más perezosos, más vergonzosos, menos seguros que nuestros chicos.

Plan de ejercicio creativo de una semana
Empieza en lunes, porque somos más dados a cumplir los compromisos que arrancan con el inicio de la semana, del mes, del año… Seguro que hay una razón psicológica para ello, pero la desconozco, así que no lo puedo argumentar. Por una vez, creedme sin más y prometo no volver a pedíroslo.
Lunes:
Describe lo primero que has visto al levantarte. Con todo detalle. Pero no hace falta (de hecho no deberías hacerlo) que te pongas a anotarlo según te levantas. Solo retén la imagen y luego, a la hora que sea la que has decidido reservar para la escritura, haz memoria de eso que has visto. Posiblemente, salvo que vivas en una cabaña sin techo en lo alto de árbol que crece en una montaña inexplorada, lo que ves al levantarte son cuatro paredes, unas cortinas, la mesita de noche, el armario y unos zapatos que no recogiste porque te dio sueño. Es decir, un párrafo, dos a lo sumo. Diez minutos. Relee lo que has escrito, corrige, cambia. Léelo en voz alta para ver que tal suena. Y ya. No escribas más. No hoy.
Martes: 
Describe a la última persona que has visto que no conocieras de nada: el conductor del autobús, un señor que pasaba por la calle y al que has visto desde la ventana, la chica que te ha vendido el pan y en la que nunca te habías fijado… Fíjate en todos los detalles: su aspecto, su ropa, su voz, su forma de caminar.
Como el lunes, léelo, corrige, cambia. Y déjalo estar.
Miércoles:
Cuenta lo que ha pasado hoy durante la comida (o ayer, si estás escribiendo por la mañana). Quién se ha sentado a la mesa, qué había para comer, quién ha cocinado, si has hablado durante la comida o no. Pero cierra los ojos para recordarlo y cuenta también a qué olía, cómo sabía, si estaba caliente o frío, si había ruido de fondo, una tele, una radio, los pitidos de los coches en la calle o si solo se escuchaba el silencio…
Jueves:
Intenta recordar cuándo ha sido la última vez que has reído a carcajadas. Y si no es la última, una, da igual si es de hace tres días o de hace tres años. Y cuéntalo. Dónde estabas, quién más había contigo, qué pasó que te provocara tanta risa, si los demás se rieron tanto, si alguien se enfadó…
Hoy has tardado un poquito más en escribirlo, ¿verdad? Eso es porque esta propuesta es más creativa. Ya no solo describes, no cuentas con objetividad lo que ves y lo que percibes, también entran en juego las sensaciones, los sentimientos y la subjetividad.
Viernes:
¿Recuerdas a esa persona que describiste el martes, ese al que no conocías de nada?  Invéntate un nombre. Y una vez que tengas nombre para él o para ella, inventa una vida: ¿Tiene familia? ¿Vive con ellos? ¿Estudia o trabaja? ¿Qué estudia? ¿Dónde trabaja? ¿Se ha peleado con alguien y por eso lleva esa cara tan seria? ¿Va a pedirle matrimonio a su novia y por eso sonríe como un bobo? ¿Huye de la policía? ¿Acaba de perder el trabajo? ¿Va hacia una entrevista de trabajo?
Inventa hasta donde te apetezca. Si le pide matrimonio a la novia, lo que ella dice, lo que hace él con esa respuesta… Y recuerda describir con el detalle con el que has descrito lo que has visto al levantarte; incluir sonidos, olores, sensaciones, como el miércoles; buscar las emociones de tu personaje principal y de los que lo rodean, como el jueves. 

Felicidades, has llegado al viernes y has vencido al monstruo del bloqueo. O lo has atontado un rato.  Descansa el fin de semana, celebra esta meta, presume con los amigos, comparte con otros…

Y el lunes que viene, si te apetece, si te ha resultado divertido escribir y tienes ganas de contar más historias, sigue inventando vidas o contando la tuya, o alterando recuerdos y contando lo que te hubiera gustado vivir, lo que quieras. Si te ha gustado escribir, sigue escribiendo. 

domingo, 10 de julio de 2016

El contador de palabras

Me pregunta un alumno si su idea mola. Respondo con un discurso que, no por haberlo utilizado muchas veces es menos cierto: las ideas, en sí, no hacen la diferencia.

Yo tenía una idea. Una idea molona con muertos, vivos, ángeles, fantasmas, un poquito de amor, venganza… Ah, no. Venganza no, que tengo incapacidad manifiesta para los personajes malos. El caso es que mi idea empezó con una frase y llegó a quince mil palabras.

No me asusta trabajar, cualquiera que me conozca lo sabe. No pongo pegas a empezar de cero. Pero hay un monstruo que habita debajo del teclado de los escritores de novelas, o debajo del mío al menos, y que repite siempre las mismas palabras: recicla, copipega. 

Abrí un documento nuevo y tardé un par de semanas en llegar, otra vez, a las quince mil palabras. Más colocaditas, mejor cosidas entre sí, tal vez. Pero seguía siendo una colcha de esas de parches que de lejos bien, pero de cerca...

Vuelta al inicio, y así hasta cuatro o cinco veces. Porque ese monstruo repetitivo cuenta las palabras. El jodido contador de palabras. Mi ordenador es testigo de que hay cinco versiones diferentes de la misma historia. Y todas con quince mil palabras.

Miento, en la última llegué a veinte mil. ¡Guau! Veinte mil palabras. Y entonces me di cuenta de que seguía sin gustarme y de que no iba a escribirla. Me concedí un día para llorar y al siguiente volví a la carga.


Para vencer a los monstruos solo hay que mirarlos de frente. Bueno, igual no, igual eso no es suficiente para vencerlos, pero es mejor tener luz que luchar a oscuras. Ponerle nombre al monstruo es empezar a vencerlo.

La semana pasada volví a la página en blanco. Pero esta vez de verdad, al cero absoluto. Otra historia, otra voz. Otra novela.

Y me di cuenta en pocos días de que no había tirado a la basura esos cuatro meses de contar palabras. Que el cero absoluto, en realidad, era un cero con decimales y que esos decimales molaban.

Porque mi idea mola. Tiene fantasmas, vivos, muertos, ángeles, un poquito de amor y hasta una puntita de venganza. Pero la idea en sí no hará la diferencia. Las horas y horas de trabajo,  los porrazos contra la pared de mi cabezonería, el empeño en contar cosas que no importan, los personajes que no aportan nada pero que me daba pena borrar porque, jo, me los había currado tanto son los que, tal vez, marquen la diferencia.

Y he cosido la boca al monstruo. 

sábado, 2 de julio de 2016

Las decisiones de los personajes

No hay nada que me haga pensar en tanto la teoría sobre la escritura como tener que responder la duda de un alumno. Hace unos meses, para una de esas preguntas, estuve dando vueltas a por qué unas historias nos enganchan más que otras (sí, lo sé, la pregunta se las trae). El caso es que me puse a garabatear y salió esto: 


De ahí pasó a una clase, luego a otra en la que lo desarrollé un poco más, luego a unas notas manuscritas para aclarar cada punto de ese dibujo... Hoy trataba de explicarle a otro alumno por qué sus personajes tenían que empezar a tomar decisiones y ya que me ponía, he redactado esas notas para que dejaran de ser garabatos y pudieran leerse. 

Lo cierto es que hay historias en las que pasan un millón de cosas, cosas divertidas, cosas interesantes, cosas geniales incluso y aun así no nos enganchan. Nos da la sensación al leerlas de estar sentados en un parque viendo como diez niños se balancean en los columpios. Cualquiera de ellos podría caerse y desencadenar el desastre o ese chico más alto que el resto podría empujar a otro para ocupar su sitio y convertir la tarde pacífica en una batalla de niños, padres y vecinos. Pero pasan las horas y los columpios siguen moviéndose arriba y abajo sin más novedades que un papá que se lleva a rastras a su hijo cuando ya anochece o una niña que ha perdido el coletero.

Para mí, el pilar que sujeta la narrativa (infantil y juvenil, pero también la narrativa general) es la capacidad de los personajes para tomar decisiones. Para empujar al niño grande y ocupar su sitio. Y no me he equivocado, no. No es la capacidad del niño grande para dar el empujón, qué fácil, sino la del enclenque que sabe que se la juega y aun así, decide hacerlo.

En narrativa, los personajes toman decisiones continuamente. Eligen tomar la leche sola o con cereales, ir al colegio andando o en autobús, saltar a la comba o jugar a balón prisionero. La mayoría de esas decisiones no les afectan demasiado, pero son las que tejen la trama fina de la historia. 
  
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
En las primeras páginas de Harry Potter y la piedra filosofal, El tío de Harry decide ponerse una corbata sosa, coger su maletín, besar a su mujer, montarse en el coche; su tía decide sentar a Dudley en la silla; Dudley tira los cereales contra la pared también porque así lo ha decidido. La historia no sería diferente si la corbata del tío tuviera lunares de colores, si la tía hubiera tomado al niño en brazos o si el chico se hubiera comido los cereales sin rechistar. Son decisiones irrelevantes.

Estas decisiones irrelevantes sirven para conocer a los personajes (el señor Dursley en un soso), para mostrarnos el entorno, para evitar que las escenas sean estáticas y para apoyar la verosimilitud (si Dudley tira los cereales y su padre decide hacerle un guiño, ¿cómo no me voy a creer toda diferencia de trato hacia los primos que vendrá después?).

No soy muy de listas, pero se puede hacer una sobre las características de estas decisiones:

  • Se pueden aislar, cambiar o eliminar sin que la historia cambie.
  • No suelen ser dicotomías. No hay dos opciones entre las que elegir, sino un abanico de posibilidades, un armario lleno de corbatas (muy sosas todas, casi seguro).
  • Las toma cualquier personaje.
  • Hay muchas en cada capítulo. Casi en cada acción, en cada movimiento.

En resumen, las decisiones irrelevantes son el atrezzo de una historia: necesarias pero imperceptibles.

Cuando un libro se nos cae de las manos, nos aburre y nos da esa sensación de parque infantil, es fácil que haya muchas decisiones irrelevantes y muy pocas relevantes. Porque la importancia de las decisiones de los personajes se mide por la gravedad de las consecuencias que arrastran.

Y ahí, en las decisiones relevantes, es donde se sujeta la historia

Las decisiones relevantes son las que tienen consecuencias para los personajes: Si salgo con Ana esta tarde, Laura va a enfadarse conmigo; si tiro los cereales contra la pared, me quedaré sin desayunar (¡qué hambre!); si salto de ese tejado tan alto, es posible que me mate. Se trata, por tanto, de decisiones que afectan a los personajes, modifican el sentido de la historia, de forma que, si las eliminásemos, la historia cambiaría.

No es lo mismo, claro, tirar los cereales contra la pared y pasar hambre un ratito que saltar del tejado y romperse la cabeza. Por eso me gusta separar las decisiones relevantes en dos bloques: las de consecuencias asumibles y las de consecuencias inasumibles. Esa imagen que cierra tantos libros y tantas películas en la que vemos al protagonista ponerse en el camino de la flecha, bala, espada… para evitar que muera un ser querido es una decisión de consecuencias inasumibles porque, a priori, el resultado va a ser la muerte. Luego ya nos encargamos los escritores y los guionistas de que no siempre muera (casi nunca, en realidad), pero el caso es que cuando el protagonista se ha puesto en la trayectoria de la bala lo ha hecho convencido de que iba a morir.

Vuelvo a esas listas que digo que no me gusta hacer para ver en qué se diferencian unas y otras.

Las decisiones de consecuencias asumibles las puede tomar cualquier personaje de la historia.  Hermion decide qué hierba es la buena y eso supone que la trama vaya en una dirección y no en otra, alguien deja la capa de invisibilidad para Harry y eso supone que descubra información que no podría haber descubierto de otra forma. Son puntos de giro, en unos casos, avances en la trama, en otros. 

Las decisiones inasumibles, en cambio, suele tomarlas el protagonista. Puede haber un secundario que se sacrifique por él, es cierto, pero el riesgo de que ese secundario usurpe el puesto al protagonista es muy alto. El lector puede interesarse más por esa historia (¡guau, cómo mola este chico, quiero saber más de él!) o sentirse decepcionado por un protagonista que no está a la altura del o que los secundarios han hecho por él. 

Una decisión de consecuencias inasumibles implica renuncia: muero, me marcho para que seas feliz y no volveré a verte nunca, renuncio a mi libertad para que tú seas libre... En el caso de las decisiones de consecuencias asumibles, no siempre hay renuncia (ir a la escuela de Howarts mola y no supone dejar atrás nada que vaya a echar de menos), Caperucita, cuando habla con el lobo, no renuncia a nada, al menos conscientemente.

Son mucho menos frecuentes que las decisiones irrelevantes. En el caso de las asumibles una o dos por capítulo (de hecho, a la hora de elegir dónde ponemos el punto a un capítulo tendríamos que tenerlo en cuenta, pero de eso ya hablaremos otro día). En el caso de las inasumibles, una por historia. Una vez que decido morir por ti, ¿qué más puedo hacer? Y sobre todo, a ojos del lector, ¿qué puede ser más interesante? Algunos libros presentan más de una de estas decisiones, primero me ofrezco a morir para que tú te salves y después, como no he muerto, me ofrezco a dejarme torturar para que los dioses te concedan ese deseo tan espectacular que tienes. El problema de esta estructura es que crean en el lector la expectativa de que el personaje va a morir y no muere, así que cuando llega la siguiente situación límite no le da tanta importancia porque, total, ya sabe que es posible darle la vuelta. Todos hemos tenido esa sensación de “eh, no te preocupes, que es el protagonista y los protagonistas no mueren” (salvo en Juego de Tronos).

Las decisiones relevantes generan tensión narrativa siguiendo una ley casi matemática: cuanta mayor renuncia implique una decisión, mayor tensión narrativa. Si el chico enclenque del columpio empuja al mayor, está renunciando a su integridad física. Si lo hace el fuerte, solo renuncia a la aprobación y el aplauso de los adultos. Como mucho, se arriesga a una regañina.

Y esa tensión se presenta de manera gradual a lo largo de la historia por lo que parece una conclusión lógica que sea la decisión relevante (inasumible) la que sirva de cierre, la que provoque el desenlace. 

Y una vez dicho todo esto, como en la escritura no hay (no debería haber) normas inamovibles, estoy segura de que se puede hacer un libro interesante sin decisiones relevantes. Y también, seguro, se puede empezar una historia con la decisión inasumible, someter al protagonista a la tortura de decidir cien veces... Y estaré encantada de encontrar los libros que me desdigan. 

martes, 22 de marzo de 2016

El bloqueo del escritor y las lavadoras

Hay una relación directa entre el bloqueo del escritor y la lavadora. De hecho creo que el día que lo descubran los fabricantes de detergentes y suavizantes, el mundo de la publicidad entrará en una nueva era. Como aquel “busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo”.

Me siento frente al ordenador con la escena calentita en la cabeza, con el diálogo de los personajes (¡Pedazo de diálogo! ¡Qué bien suena!) retumbándome aún en ese lugar del cerebro en el que todo encaja a la perfección. Y escribo la primera frase. Buf, qué floja, con lo bien que sonaba antes de darle a la tecla. Y muevo al chico de un lado para otro, como si tuviera una garrapata debajo de la ropa porque no sé dónde dejarlo quieto. ¿Y ella? Ella tiene cara de pánfila. Hace un ratito era una chica capaz de cambiar el mundo, de plantarle cara a ese gran drama (ahora ya no parece tan grande).

Me levanto y reviso lo que me rodea. Ahí está, la manta amarilla. La llevo hasta la cocina y la meto en la lavadora. Es una lavadora enorme, de nueve kilos nada menos, y la pobre manta se queda como perdida en ese hueco. Paso por delante del ordenador, muevo el ratón para ver lo último que he escrito. Menuda bazofia, lo borro y entonces me acuerdo de los cojines amarillos. Claro que sí, hay que aprovechar la capacidad de la lavadora. Los llevo hasta la cocina y los meto junto a la manta. Un vaso de agua. Llego (otra vez) frente al ordenador. Leo el final de la escena que escribí ayer (la manta roja y la toalla fucsia ya estarán secas). Voy hasta el tendedero y por el camino encuentro el jersey de cuello alto amarillo que no está sucio del todo porque solo me lo he puesto un rato. Total, no sé si ya me pondré cuello alto, que dicen que es primavera. Lo llevo hasta la cocina y, ahora sí, echo el detergente y el suavizante. Programa corto.

Las mantas del sofá. Ayer, la colcha del niño, aprovechando que no duerme en casa y el abrigo de la niña, por si quiere llevárselo. Recoger las mantas rojas y doblarlas. Anteayer fueron las cortinas.

De nuevo frente al teclado me digo que no está tan mal, que le he pillado el punto. Aún estoy un poco rígida y la voz no es del todo como debería ser, pero es cuestión de seguir escribiendo. ¿Cómo es eso que les digo a los alumnos sobre las musas y esperan que aparezcan? La lavadora y su programa corto están a punto de terminar, mejor espero y ya lo tiendo, que con los amarillos no se puede jugar. Parece que el rojo es el que más destiñe, pero no. Un rojo desteñido puede que tenga arreglo, algo manchado de rojo puede volver a su color pero, ay, si destiñe el amarillo.

Las mantas tendidas. Los cojines reposando sobre el radiador. No es hora aún de preparar la cena (a quién quiero engañar, si no cocino). Y el tambor de alta capacidad, nueve kilos exactamente, que me llama. Las bufandas. Ya no me voy a poner bufandas y sería una guarrería guardarlas sin lavar.

De vuelta a la mesa. Un cigarrito y me pongo a escribir. Pero antes, voy a contarle al mundo la relación directa entre el bloqueo del escritor y las lavadoras.

domingo, 27 de diciembre de 2015

El chico de las estrellas o la valentía de escribir bien

No me gustan las simetrías. No me gustan la ropa interior conjuntada ni los pendientes iguales ni ordenar las cosas por tamaños. Pero en lo que a escritura se refiere, me gusta que todo esté colocadito, que no haya negritas ni cursivas ni nada que llame la atención de la forma sobre el contenido salvo que haya un motivo muy potente para ello. Odio los saltos de párrafo porque sí y la prosa que juega a ser verso solo por el capricho de un salto de línea. Pero, dicho todo esto, me gusta mucho, mucho, la forma de El chico de las estrellas.

No sé si es novela, autobiografía, poesía urbana o qué. Ni me importa, ya que estamos. Pero dice contar la vida de su autor y en ese pacto que establecemos el libro yo, me lo creo. Ojo, que no pongo en duda en ningún momento la sinceridad de quien lo firma, solo digo que me creo lo que me dice como me creo que Peter Pan vuela o que algún día encontraré un armario con una puerta secreta al fondo, porque me lo han contado bien. Y me da pena que el libro se analice, se valore o se premie porque su autor ha tenido la valentía de contar su vida. O porque es homosexual. No, me niego. No quiero saber si su autor es valiente, ni me importa, porque quien me ha atrapado desde la primera página es Chris Pueyo, el personaje. El Chris Pueyo que, aparte de un chico guapísimo (sí, he cotilleado sus fotos por la red), el autor de esta novela y un bloguero popular, es un personaje más del libro. En el momento que aparece en tinta azul, se convierte en un narrador testigo y parte, protagonista y secundario. Y me engancho a su voz hasta el punto de que me haría creer que la luna puede moverse con un soplido si se lo propusiera.

La valentía que admiro, que envidio y que me deja con la boca abierta es la del escritor que ha conseguido esa prosa tan fantástica, ese ritmo tan caótico y a la vez tan ordenado, ese personaje tan, tan, tan redondo. Es un libro valiente porque se atreve a romper las normas. Eso sí, las rompe con un motivo. Uno diferente en cada caso, en cada ruptura.

La tinta es azul porque el personaje tiene una relación especial con ese color. Mezcla la primera persona y la tercera, como si le costara a ratos saber quién es, como si fuera más fácil decir según qué cosas cuando es otro el que las pronuncia. Y en un alarde de valentía (literaria, valentía literaria) se permite mezclar la segunda también, como si la mente del personaje fuera un caos tal que no sabe cuándo habla consigo mismo y cuándo con el lector. Y hasta usa la minúscula en un capítulo entero. Pero no es un capricho ni una forma de llamar la atención, hay un motivo. Y es un motivo precioso. Porque también hay detalles preciosos. Si medio mundo colgó candados en los puentes por una novela, no imagino cuánta gente estará ahora mismo coleccionando instantes en el reverso de los billetes de autobús.

Es un texto corto, de esos que se pueden leer en unas horas. Y digo “pueden”, porque también es posible dedicarle más tiempo, detenerse en cada canción o cada libro que nombra. Así la historia se sale de esas pocas páginas y se hace más grande. Y es, sobre todo por esto lo envidio, uno de esos textos que parece que no ha costado trabajo escribir, que aparentemente no se han pensado, ni medido, ni corregido. Un discurso tan natural que no parece escritura. Y mi yo escritor se junta aquí con mi yo profesor y me dice que eso ocurre porque es bueno, porque ha medido, pensado y corregido. Que la Señora del Zumo de Tomate debió de verlo en pleno proceso creativo y por eso sabía que iba a lograrlo.

No he hecho recomendaciones para los regalos de Navidad como los últimos años en la página de la Escuela, así que lo haré desde aquí: leedlo, desifrutadlo, regaladlo.

Y, por favor, no digáis que es valiente porque su autor es gay, porque ha tenido el valor de contar su vida y abrirse en canal. Consideradlo valiente porque está tan bien escrito que os ha llevado a sentir todo eso.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Violet y Finch o cómo no hacer una reseña

Tengo memoria de pez. Leo un libro y a los pocos días se me ha olvidado. Me pasa con las películas, con los nombres de la gente y con un millón de cosas más. Por eso tomo notas o hago reseñas nada más terminar la lectura, porque unos días después sería tarde. Pero desde que leí Violet y Finch, de Jennifer Niven, estoy intentando escribir sobre ella y no lo consigo porque no soy capaz de responder a una pregunta que me hago siempre a la hora de reseñar un libro: ¿Lo recomendaría? ¿Recomendaría una historia que comienza al borde de una azotea desde la que dos adolescentes, por motivos distintos, con vidas que no se parecen en nada, quieren saltar?

Es una lectura que no se olvida, aunque tengas memoria de pez. Que te deja unos días pensando y te descubres en el metro o en un interesantísimo partido de fútbol recordando una frase que no dijo Violet o aquella otra que sí dijo Finch. Y eso es bueno, es muy bueno. Quiere decir que la historia de los protagonistas me ha llegado a ese sitio de nombre abstracto al que tienen que llegar las historias. Lo recomendaría, claro.

Violet es perfecta, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Finch es un desastre del que no cabe esperar nada, o todos los creen así, y es duro vivir con esa marca. Tal vez por eso se complementan tan bien, porque son de una forma para ellos y de otra para el resto del mundo. ¿Cuántos adolescentes (o adultos) se sienten así? La empatía está garantizada. ¿Cómo no recomendarlo?

Pero también es un libro que me ha hecho sufrir, que me ha hecho llorar, que me ha hecho pensar mucho. Es un libro que me ha dejado un sabor de boca agridulce, si no amargo. Y no sé si recomendar un libro así, porque bastante puñetera es la vida por su cuenta sin que le añadamos más dolor.

Narra desde dos voces, alternando capítulos, algo que está muy de moda en la literatura juvenil y que me gusta, aunque con matices. Me gustan los libros que me dejan ver el punto de vista de dos personajes desde dentro, esa intimidad que da la primera persona. Pero cuando las dos voces se parecen mucho (y pasa en casi todos los que he leído, con estupendas excepciones como Pomelo y Limón o Una tarta de manzana llena de esperanza) y hace falta poner el nombre de quien habla al inicio del capítulo para que lo reconozcamos, me cuesta un poco, solo un poquito, creérmelas. En este caso, aunque se parezcan, son diferentes y, sobre todo, me dejan ver las entrañas de dos personajes complejos, muy complejos, pero a los que termino entendiendo. Y les deseo lo mejor, he pasado casi cuatrocientas páginas deseándoles lo mejor. Lo recomiendo, claro que sí. Recomiendo que cualquiera viva esas horas de olvidarse de todo lo que le rodea para centrarse en la vida de dos adolescentes que se ayudan, se comprenden y se complementan pese a ser las dos personalidades más opuestas que se pueda imaginar.

Como reseña, lo sé, esto es un desastre. Ni siquiera es una reseña, en realidad. Sin resumen, sin puntos fuertes o débiles. Solo un caos de pensamientos y sensaciones, porque así es como me ha dejado la lectura. Y encima, ni siquiera he respondido mi pregunta. ¿Lo recomendaría? No lo sé.

Si queréis sentir el placer y el dolor al mismo tiempo, sí. Si queréis leer con el miedo a que algo se tuerza, sí. Si queréis enamoraros de unos personajes, hacerlos vuestros y sufrir, amar, reír y llorar con ellos, sí. Si queréis una historia que no vais a olvidar, ni aun teniendo memoria de pez, sí.

Si queréis un fin de semana de lectura placentera, de la que te deja una sonrisa tonta y calorcito en el estómago, no. O sí. Quién sabe.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Palabras envenenadas, de Maite Carranza

Me regalaron Palabras envenenadas, de Maite Carranza, hace cuatro años, cuando yo tenía un hija de 15, la edad de la protagonista. Empecé a leerlo y a las pocas páginas tuve que abandonar. Bárbara es una chica de 15 años que empieza a ligar con chicos, que se sabe atractiva y lo aprovecha y que tiene una madre que no pone pegas a ese cambio, pero un día deja una nota, desaparece de casa y tres días después la policía descubre que no ha sido una fuga, sino un secuestro.

Me sentí mal, y eso bueno. Me sentí identificada, y eso es mejor. Me lo creí a pies juntillas, y eso es la leche.

Ahora, cuatro años después, he vuelto al libro. Me ha vuelto a remover por dentro y a hacerme un agujerito en el estómago, pero esta vez lo he leído completo y he comprendido los premios, el éxito y a los lectores satisfechos.

Con dos narradores diferentes, la propia Bárbara y un narrador en tercera persona que va saltando de un personaje a otro, Maite Carranza mantiene la tensión sobre lo que ha ocurrido a base de presentar posibles culpables y hacernos dudar, asegurar incluso, que hemos descubierto de quién se trata.

Como en toda buena novela, cada uno de los secundarios tiene su propia historia, pero ninguna de ellas se come la trama principal porque lo que todos los lectores queremos saber es quién ha secuestrado a Bárbara y, sobre todo, si llegarán a tiempo de rescatarla.

Cuando los escaparates de la literatura juvenil están plagados de historias fantásticas, de historias de amor dulce y maravilloso, apostar por una trama en la que la protagonista es tan realista que duele (nos duele) y además sufre (sufre mucho) de una manera totalmente injusta es un acto de valentía.

Contar una historia que nos hace pensar y mirar el mundo de otra forma es abrir un campo que parecía estar vedado a la literatura juvenil. Estoy segura de que los lectores adolescentes también disfrutan de una historia así, aunque no les deje esa sensación de “quiero ser este personaje y vivir lo que él vive”. Una historia con tensión, con suspense, con un fantástico manejo de la información que se facilita al lector y con elementos suficientes, al margen del secuestro que orquesta toda la trama, para identificarse con los personajes.

Y estoy segura también de que, ahora que tanto insistimos en que hay que parar la violencia, ayudar al que la sufre, no mirar hacia otro lado, un libro como Palabras envenenadas es más que necesario. Así que, cuatro años después, gracias.

martes, 21 de julio de 2015

La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (o cómo dejarse esclavizar)

Tengo la mala costumbre de leer con la profesora que llevo dentro sentada sobre las rodillas. La muy petarda busca fallos y aciertos, subraya en rosa o en morado, da saltitos cuando se topa con algo que poder llevar a clase. La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina, sin duda, está lleno de “algos” que poder llevar a clase. Pero igual debería haber empezado por el principio.

Hace casi un año se fallaba el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Por una de esas casualidades tan poco verosímiles como ciertas, César Mallorquí, que estaba en el jurado, tenía que venir a una conferencia a la Escuela el mismo día, así que llegó directo desde la deliberación del jurado. Nos habló de un libro que no había ganado, pero que en su opinión debería haberlo hecho: La canción secreta del mundo. Y yo tomé nota, porque no se puede dejar pasar una recomendación así.

Un par de mese después compré el libro y lo abrí en el autobús, camino de casa. Leí las primeras páginas, puede que los primeros párrafos, y lo cerré. ¿Un saco de niños muertos? Por Dios, con la Navidad tan cerca necesitaba una historia que hablase de felicidad y cancioncillas pegadizas, no de niños muertos. Lo aplacé para las vacaciones de verano porque no tenía pinta de ser algo que se pudiera leer en el autobús, entre clase y clase, tomando un café... Tenía pinta de atraparte y esclavizarte. (A veces acierto con las primeras impresiones).

¿Pero por qué? Y aquí vuelvo a esa profesora que se me sienta en las rodillas cuando leo. ¿Por qué una historia tan dura, tan jodidamente dura, me ha anulado durante tres días? Porque eso es lo que ha hecho. Mis tres primeros días de vacaciones y no he salido a tomar cañas, no me he levantado tarde, no he disfrutado de una sobremesa en familia... Solo he leído.

Es fácil encontrar los motivos para esa esclavitud. Por encima de todo, trabaja sobre lo que para mí es el pilar de la narrativa, algo imprescindible que hace que una historia funcione o no: las decisiones. Pero las decisiones de verdad, las que le duelen al personaje, en las que se juega algo verdaderamente importante. El primer dilema que se le plantea (tu novio antiguo o tu novio nuevo) se hubiera resuelto en la mayoría de la novelas juveniles con una historia almibarada que nos hace sentir calorcito y que, muchas veces, nos lleva a desear ser ese personaje. (Elige al guapo, elige al que escribe pintadas en las paredes para ti, elige al que juega con tu hermana pequeña o al que te trae el desayuno a la cama). Con Ariadna no. Ni una sola vez, ni por un solo segundo, he deseado ser ella. Dios me libre. Y aun así, no podía dejar de leer. De hecho, en ese párrafo en el que le plantean a la protagonista que tiene que elegir he dicho en voz alta mi primer “qué bueno eres, cabrón”.

He hablado mucho en voz alta leyendo este libro. “No, por favor, no, que no hayan muerto”; “que no elija a ese, que no lo elija”; “que todo haya sido un sueño, por favor”. Y aquí, en esta última, me he ido corriendo al espejo porque no me reconocía. No hay nada peor que un protagonista que despierta de un sueño. No hay engaño al lector menos perdonable, más ruin, y los que damos clase de escritura se lo tatuamos a los alumnos en el cerebro a base de repetirlo. Así que imaginad cómo estaba para desear que eso pasara. (No lo deseaba de verdad, solo un poquito).

Y es que el otro punto de apoyo de la narrativa, y sobre todo de la juvenil, son (en mi modesta) las consecuencias de las decisiones. Lo que me hace creerme una trama o no, empatizar con un personaje o no, querer saber qué viene después (o no) es la forma en la que afrontan las consecuencias de sus decisiones y las consecuencias mismas. Segundo “qué cabrón”.

Después han venido muchos: por la prosa maravillosamente construida, por el vocabulario milimétricamente preciso (no hay palabra más vacía que “cosa”, salvo que no la uses en toda la novela y cuando aparece sea para definir lo vacía que está la protagonista), por la visibilidad de las imágenes. Pero como ese primero, ninguno.

Me gusta creer que si el escritor se divierte el lector también lo hace y viceversa. Sobre todo, viceversa. Es decir, que si el lector se ríe es porque antes se ha reído el escritor y que no hay forma de hacerle llorar si tú no has llorado antes. Y precisamente por eso he pasado de los “qué cabrón” a los “pobrecito”, porque José Antonio Cotrina ha tenido que pasarlo mal, muy mal escribiendo este libro. De hecho creo que por eso hace guiños a sus libros preferidos, me lo imagino en su mesa de trabajo esbozando sonrisas imperceptibles cada vez que cuela un guiño: un poquito de Harry Potter por aquí, con este niño que vive bajo la escalera, un poquito de El coleccionista de relojes extraordinarios por allá, con la subasta, Jeremías, Deveraux… En realidad, el de Laura Gallego debe de ser con mucho su libro superfavorito, por los homenajes que le hace. O tal vez la válvula de escape.

Y aun así, no es la estructura, no son las decisiones, no son las consecuencias. Es una mezcla de todas ellas. Y de esos guiños a otros libros (que seguro que hay más que yo no he visto), y de esa prosa y esas descripciones, de la ambientación que ahoga, quema, aplasta. Qué cabrón.

Leedlo. Leedlo un día de sol con niños riendo por todas partes y, a ser posible, chapoteando en el mar o en la piscina. Leedlo sabiendo que durante casi setecientas páginas odiaréis haberlo empezado. Leedlo sabiendo que os esclavizará. Porque lo disfrutaréis como se disfruta de la buena literatura, esa que te remueve y te deja hecho polvo, la que te obliga a pensar y, sobre todo, te hace sentir incómodo. Y la que te obliga, al día siguiente, a contarle a tus amigos y tus compañeros, a quien sea que se cruce contigo, que te has leído un libro que te ha dejado KO.

lunes, 13 de julio de 2015

Pánico (de Lauren Oliver), o el peligroso aplauso al gilipollas

Hacía mucho que un libro no me cabreaba tanto como Pánico, de Lauren Oliver. Resumo mucho, para poneros en situación: llegan las vacaciones y los chicos del último curso del instituto (17 o 18 años) de un pueblo neoyorquino se embarcan en un juego en el que tienen que superar una serie de pruebas peligrosas. Al final del juego (y del verano) el ganador se embolsa una cantidad brutal de dinero que durante todo el año han ido pagando religiosamente todos los alumnos del instituto a razón de un dolar diario. Esto sucede cada verano. Raro es el año en el que no muere alguien, pero un pacto de silencio que involucra a todos los chicos del pueblo hace que ni la policía ni los adultos le pongan freno a este juego.

No voy a decir nada de la verosimilitud, pese a que la policía resulta bastante tonta, todos los adultos muy relajados y los chicos, que no tienen ni para comer en algunos casos, unos potentados (que un dólar al día es una pasta a lo largo del año). Hoy no va de eso el artículo.

Como escritora, sueño con que mis hijos adolescentes me lean y se sientan orgullosos de lo que su madre ha escrito, pero como sé que esta imbecilidad a mi editora no le resultará suficiente, sueño también con que otros adolescentes me lean y quieran más, que se enamoren de mis personajes, que deseen vivir lo que ellos viven. Como madre, espero que mis hijos nunca empaticen con los personajes de Pánico y, por Dios, por Dios, que nunca quieran vivir algo parecido.

Sé que la sociedad ha evolucionado y que un poquito de peligro ya no es suficiente para mantener a los lectores pegados a las páginas de un libro. Cuando en el telediario hay muertes en directo a la hora de la comida y no se nos atraganta la sopa, la violencia ha dejado de ser un tabú o algo que tratar con sumo cuidado. Los juegos del hambre y todas las distopías (me he resistido durante mucho tiempo a usar esta palabra, pero siempre hay una primera vez) que han venido después nos muestran adolescentes que mueren y matan, sobre todo que matan, porque no les queda otro remedio. Porque una fuerza opresora los obliga, porque les ha tocado vivir en el “mata o muere”, porque las decisiones, ese pilar en el que se sustenta la literatura, están tejidas de tal forma que a los personajes no les queda otra que arremangarse y dejar de lado sus principios para sobrevivir.

Pero aquí no. Aquí los adolescentes mueren y matan, porque matan aunque solo sea por el silencio cómplice, para comprarse un coche, pagarse un aumento de pecho, vengarse o, simplemente, por aburrimiento. No hay buenos y malos, todos participan de esta locura de juego absurdo y tratan de hacernos creen que unos motivos son más nobles que otros, que prender fuego a una casa que tiene gente dentro no es tan malo si lo has hecho por amor. Ay, el amor. Qué fácil es perdonarlo todo por amor. Es verdad, lo decía al principio, que hacía mucho que no me cabreaba tanto leyendo un libro y la última vez que pasó los motivos fueron exactamente los mismos: una trama que pretende convencerme de que el amor (mal llamado amor) justifica cualquier cosa. Es la base del maltrato, ese “lo hago por tu bien” que lo mismo justifica un guantazo, partirle la cara al chico que te ha mirado con deseo, un novio que te mira el teléfono para saber con quién has quedado o un arriesgado paseo por una tablita, a quince metros de altura, bajo una lluvia torrencial. Me niego a aplaudir a la protagonista que se pone un revólver en la cabeza y aprieta el gatillo con la esperanza de que no salga la bala y, sobre todo, me niego a pensar que eso la hace valiente. No es valiente, es gilipollas. Y pienso en Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, y sé que también es gilipollas, pero él se tiene que enfrentar a las consecuencias de lo que hace, de eso va el libro exactamente. Los protagonistas de Pánico no se enfrentan nunca a las consecuencias de sus decisiones.

No sé cuántos adolescentes (y no tan adolescentes) han puesto un candado en un puente después de que una novela mostrase ese gesto como máxima representación del amor, aunque por lo que sale en las noticias han debido de ser muchos. Pero tiemblo de pensar cuántos, no, cuántos no, tiemblo de pensar que a un solo adolescente se le pueda ocurrir que es divertido jugarse la vida para matar el aburrimiento porque, total, los adultos no se enteran, la policía tampoco y tu gran amor te lo perdonará si le explicas que lo has hecho por ella.

miércoles, 10 de junio de 2015

47 trocitos y una bombilla rota


Llevo unos días de bombillas rotas en la tripa. Sí, hombre, esos cristales diminutos, casi polvo, que se cuelan por todas partes cuando estalla una bombilla y que no cortan, ni pinchan, solo rascan. Incordian. Y como no hay sangre, ni siquiera puedes quejarte. Yo esos días lloro sin que nadie me vea. A veces sin lágrimas, solo lloro porque me apetece llorar, sin motivo. Y sé, porque ya voy teniendo años, que cuando tengo días de bombillas rotas, lo mejor es no leer nada que llegue directo a las tripas, porque la mezcla rasca, incordia y deja un poso que luego cuesta mucho limpiar. Y hoy, con el dichoso polvo de bombilla esparcido por todo el cuerpo, voy yo, lista, y me leo 47 trocitos, de Cristina Sánchez Andrade.

Hay libros que te remueven (no he dicho conmueven, no, he escrito remueven) por motivos tan personales, que nadie más los comprende. A veces ni uno mismo. Me pasó con Palabras envenenadas, de Maite Carranza. Me lo regalo Ana y quise leerlo porque me interesaba el tema, porque había escuchado buenas críticas y porque era un regalo pensado para mí. Pero no hubo forma. Los diálogos entre la madre y la hija eran tan parecidos a los que tengo a diario con mi hija que se me saltaban las lágrimas y tuve que abandonar.

Cuando conocí a Cristina Sánchez Andrade hablamos de cursos, de alumnos, de libros y de café. Le dije que mi especialidad era la literatura infantil y ella no me contó que había escrito este libro, así que, cuando vi unos meses después una noticia sobre 47 trocitos me sorprendí mucho. En el siguiente correo que cambiamos por cosas de trabajo le dije que tenía ganas de leerlo y ella, que es un amor, me lo hizo llegar a través de Edebé.

Reconozco que me daba un poco de yuyu leerlo, porque la historia de una niña con síndrome de Down podía ser pegajosilla, muy dramática o con una moraleja tan grande que no cupiese en las páginas. Pero no. No es la historia de Manuelita Quita y Pon, sino la de su hermana. O tal vez sea la de las dos, pero a mí la que me atrapa es la de Pussy, que tiene una hermana a la que todos hacen caso, a la que todos contemplan, y de la que se tiene, en cierta medida, que ocupar. Y es un pedazo de historia. Pero tampoco es eso lo que me ha dejado más pequeñita de lo que ya soy.

Vaya de antemano que a mí una buena metáfora me pone a los pies de un libro. Eso sí, aviso para todos los escritores famosos que están leyendo esto y que han decidido incluir una metáfora en su próximo libro para que me postre ante ellos, he dicho buena metáfora. Una mala o manida me enfada. Y soy muy rencorosa en esto de las metáforas, como la mafia, perdono pero no olvido. Pues bien, hay tantas y tan buenas metáforas en este libro que a ratitos estaba leyendo sin prestar atención a la trama, a las peripecias de los personajes, solo disfrutando de la palabra. En cierta manera, me ha recordado a Mi madre cabe en un dedal, aunque no tenga nada que ver, por la forma en que mezcla realismo y fantasía, sin puntos entre medias. Como me ha recordado a La sonrisa etrusca, mucho, por ese abuelo que tiene un sapo en la tripa, tan similar a la Rusca de la novela de Sampedro. Y a Poe, por los niños cuervo. Y es que en pocas páginas, cabe mucho literatura. Y si además está aderezada con las magníficas ilustraciones de Guridi, las ciento y pico paginitas, a doble espacio y con letra grande, se quedan muy cortas para albergar tanta magia.

Los cristalitos de bombilla reventada se clavan un poco cuando los niños cuervo se ríen de Manuelita Quita y Pon o cuando Pussy no la invita a ver su obra de teatro porque se avergüenza de ella, pero creo que son mis cristales, no los vuestros, no los de otros lectores. Leed sin miedo (a llorar).

Y me encantaría hacer una reseña al uso, con su resumen, sus puntos fuertes y los débiles, con esa voz de maestrilla que se me pone a veces cuando analizo un libro. Pero, sencillamente, no me apetece. Solo me apetece recomendarlo porque es un libro para leer despacio, para leer en voz alta, sobre todo algunos párrafos, para leer con un niño y comentarlo. Para tenerlo en la estantería y volverlo a leer cualquier otro día de lluvia porque llorar, a veces, aunque sea sin motivo, deja buen sabor de boca.