Ir al contenido principal

Los experimentos narrativos (Pomelo y Limón, de Begoña Oro)

Me gustan los experimentos. Será mi vena docente o algún trastorno producido por la ingesta masiva de chocolate desde que era pequeña, pero me lanzo de cabeza a los libros que arriesgan en algún sentido. A veces tengo la sensación de que hemos caído en la trampa de contentar al lector a base de ofrecerle lo que le gusta, lo que otros le han ofrecido antes con éxito. Que apostamos sobre seguro, vaya. Por eso aplaudo a los inconformistas y a los que quieren ir más allá.

El último experimento que he leído (y por Dios, quede claro que uso la palabra experimento con todo el respeto del mundo, con admiración incluso) es Pomelo y Limón, de Begoña Oro. No se trata de un libro nuevo, tiene ya cuatro años, pero nunca he dicho que la sección de novedades sea mi favorita.

La historia es sencilla: chico y chica se conocen, se gustan, se enamoran y sus familias no están muy convencidas de que esa relación sea una buena idea. Romeo y Julieta. El amor prohibido. Nada que no nos hayan contado antes. Tal vez por eso Begoña Oro ha decidido contárnoslo con cuatro narradores diferentes. Cuando hablo a mis alumnos sobre los experimentos narrativos siempre les aconsejo que si su innovación está en la forma, mantengan un contenido reconocible, que no presente demasiadas dificultades al lector (del mismo modo que si el experimento viene de la mano de lo que cuentan, es mejor que elijan una forma clásica de hacerlo). Sé que llegará el libro (o el alumno) que me convenza de lo contrario pero, de momento, creo que es un acierto utilizar una historia de amor clásica cuando lo que se busca es sorprender con la forma. Y digo clásica aunque estén presentes blogs, mensajes de texto, programas de televisión, revistas del corazón, un pendrive con el que se intercambian las cartas… Porque no deja de ser la historia de amor prohibido, la lucha por defender la relación, contra todo el que se oponga. Pero es una historia clásica en el siglo XXI hasta el punto de que la dirección del blog en el que escribe la protagonista está activa y muestra precisamente eso, el blog en el que escribe María, con los comentarios que otros personajes han escrito en él y que también aparecen en el libro. Es decir, la historia sale de los límites del papel o del ebook y salta a las redes sociales, a las de verdad. Y así sí, entra de lleno en el siglo XXI.

Pero voy al experimento. Begoña Oro utiliza cuatro narradores diferentes y no necesita ninguna marca tipográfica que indique al lector quién narra cada vez, porque las voces son diferentes, la extensión de las cartas (sí, los chicos se escriben cartas y se convierten así en narradores de su propia historia) es siempre corta en las de él y más larga y más poética en las de ella. El narrador general de la historia, además, habla con el lector, le explica lo que está haciendo y lo que podría hacer con la historia, casi como si le diera clases de escritura (tal vez esto también haya influido en mi rendición absoluta). Y se permite regañarle y hasta ponerse un poco chulo. Incluso oculta su identidad y se regodea en ello ante el lector. Se permite la seguridad en sí mismo que esperamos de un buen narrador:

Dije antes que las historias acaban como pueden.
No es así. Las historias acaban como su autor quiera que acaben. O al menos acaban donde su autor quiere, que casi viene a ser lo mismo.
(…)
Pero ¿quién soy yo y cómo quiero que acabe esta historia? No pienso revelarlo hasta que te pongas de mi parte.

He hablado de tres narradores: Jorge, María y el narrador general. Pero hay un cuarto que no se puede ignorar: los dibujos. Jorge escribe poco, es parco en palabras, pero dibuja. Le envía dibujos que, sin ser obras de arte sino lo que un chico de su edad podría trazar en una clase aburrida con un par de bolígrafos, hablan de lo que siente, de lo que ocurre a su alrededor, de la historia. Y no incluyo el blog entre los narradores porque entonces tendríamos también a la chica que hace comentarios desde el otro lado del mundo, a la propia María con una voz muy diferente a la de las cartas…

Y aunque juegue con los narradores y la historia sea clásica, no se descuida ni un segundo la verosimilitud. La protagonista, por ejemplo, no puede usar el teléfono ni internet y por eso tiene que recurrir a cartas escondidas, a una amiga que hace de intermediaria, a los dibujos... Pero el motivo por el que no pueden usarlo es tan creíble, tan racional, que ningún lector lo pone en duda. Apela, además, al deseo más íntimo de los lectores: la empatía. Dice Yaiza, la lectora del blog de la protagonista:

¿Cómo puede ser que una desconocida, en algún lugar, esté escribiendo mi historia con las mismas palabras con que yo lo haría?

Y me pregunto cuántos lectores han pensado esto mismo al leer una historia, sobre todo una historia de amor.

Un experimento, en definitiva (que cuando me gusta algo no sé parar y me estoy alargando demasiado), muy cuidado, muy respetuoso con el lector y muy acertado.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando el nombre es más que un nombre

Me llamo Esperanza. Esperanza Teresa, para ser exactos. Pero desde que era bien pequeña he sido Chiki para todos los que me rodean. Cómo llegamos a eso es una historia sencilla: mi madre también se llama Esperanza y generaba demasiadas confusiones así que, en casa, empecé a ser La Chiqui (lo de la k lo añadí en algún momento rebelde de la adolescencia).

Maravillosa caligrafía de Gabriella Campbell
Un nombre es solo un conjunto de fonemas. Juan. María. Ana. Roberto. Eustaquio. Tarquisio. Aída.
Holden.
Holden Caulfield.
Y aun siendo solo un conjunto de fonemas, algunos nombres tienen la capacidad de identificar unívocamente a un personaje. Harry Potter. Ana Karenina. Alonso Quijano. Manolito Gafotas. Gregor Samsa. Aureliano Buendía. Gandalf. Phileas.
El nombre, nombre propio, no lo olvidemos, debería identificarnos y, de igual forma, debería identificar a nuestros personajes. No todos los personajes que aparecen en todas las novelas tienen nombres irrepetibles, pero merece la pena dedicar…

El pirata Roberts, Sherezade y el Storytelling

La primera vez que vi La Princesa prometida, me enamoré del pirata Roberts. No de Cary Elwes (que también) sino de la idea de un personaje que está por encima de quien lo representa, no importa quién se esconda detrás del antifaz negro, sino la leyenda que arrastra el nombre, el miedo que provoca. El misterio. 
Vale, paro un segundo. 
Si no habéis leído o visto La Princesa prometida no sabéis de lo que estoy hablando. Roberts es un pirata invencible, un hombre al que todos temen. Pero lo cierto es que detrás de ese nombre se esconde una hilera interminable de hombres que han pirateado durante un tiempo, se han retirado llegados a esa edad en la que a todos nos apetece desaparecer en isla de clima estable, cocos con banderitas y cofres llenos de oro. Y otro, más joven, más hambriento, con menos oro en los bolsillos, ocupa su lugar y toma su nombre. Wesley cae preso en el barco del Roberts del momento y el pirata, sabe Dios por qué, decide no matarlo, por si sirve para el relevo. Tal es m…

Contar sílabas

Esta semana me he encontrado, por casualidad, con la imagen de la fotografía. Después, casi por casualidad o por una cadena de respuestas, me han enviado la misma imagen, pero en español. Y sí, me gusta. Me encanta. El ritmo es importante (importantísimo) en la prosa y cuantas más veces y de más formas diferentes nos lo digan, mejor. Pero me he pasado el fin de semana pensando que hay algo que no me convence y después de largas noches de insomnio (o de pensarlo un ratito) he llegado a la conclusión de que los hispanoparlantes y los angloparlantes no solo nos diferenciamos en el color del pelo.
Puede que caigan sobre mí cien mil expertos en ritmo (o cualquiera que sepa un poco más que yo, que es fácil) y todo el gremio de traductores, pero el español, en mi oído, marca el ritmo por el número de sílabas más que por el número de palabras.
Nos gustan los octosílabos. Tal vez sea por los romances, tal vez por las serranillas. O porque al pensar cantamos, vaya usted a saber por qué, el c…