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A pecho descubierto

Cada año, el libro de alumnos de la Escuela de Escritores lo prologa un profesor diferente. Este año el honor ha sido mío y me apetece compartirlo.

A pecho descubierto


 Hay escritores de brújula y escritores de mapa. Eso dicen. También los hay de GPS, de miguitas dejadas en un bosque, intérpretes de señales de humo, de sueños, de posos de té y marcas de pintalabios en el borde de una taza. Buscadores de formas en las nubes. Hay tantos tipos de escritor como escritores, porque cada uno de los que nos dedicamos a esta búsqueda de la palabra precisa inventamos nuestra manera de hacerlo invirtiendo horas, energía y más entusiasmo del que cabe entre la piel y los huesos.

La escritura es aprendizaje, es prueba y error, es darse cabezazos contra el teclado unas veces y bailar en pijama en el salón, a media noche, cuando las palabras suenan exactamente como queríamos que sonaran, otras. Todos los autores de este libro lo saben, porque todos y cada uno de ellos son escritores. Escritor es el que escribe (lo sé, lo sé, es una gran frase, se nota que yo tampoco he dejado de aprender). No el que publica, no el que alcanza el éxito, no el que gana un concurso, sino aquel que se deja los dedos en el intento de hacerlo un poco mejor. El que se siente orgulloso de lo que ha escrito y lo muestra, como en este libro, a pecho descubierto.

Los alumnos de la Escuela llegan a los talleres con un objetivo: aprender a escribir. Todos los que nos dedicamos a la escritura fantaseamos en algún momento con publicar un libro, estar en los escaparates de las mejores librerías y firmar ejemplares hasta que nos duela la mano («fotos no, por favor, que no me he maquillado», dice al salir del avión y encontrarse ante una masa de periodistas). Desconfiad del escritor que niegue haberlo pensado. Pero si estamos aquí es porque sabemos que todo eso, aunque lo lográsemos, no es comparable al placer de la experimentación y del crecimiento. Parece una frase hecha, palabras de consuelo, pero podéis creerme, no lo es. Cada autor de los que firma este libro ha sentido el deseo de abandonar, se ha planteado si de verdad merece la pena esperar ansioso el veredicto de un profesor y de un grupo, ha llorado a escondidas cuando nadie ha entendido su mensaje, pero también ha vivido el instante de satisfacción en el que ese profesor que la semana pasada dijo que el texto necesitaba una revisión profunda hoy dice «enhorabuena» o «ahora sí» o se queda callado un segundo antes de empezar a hablar, porque no encuentra la forma de expresar cuánto le ha gustado. En una de mis últimas clases escribí en el margen del texto de una alumna: «Joder, qué buena idea». Dos días después me contó que le había hecho una fotografía a mis garabatos. Ojalá la mire cada vez que sienta deseos de abandonar.

Vais a leer cuentos, poemas, artículos, fragmentos de novela, críticas de cine... Comprenderéis algunos, os identificaréis con otros y seguro que también releeréis párrafos completos con la sensación de que se os escapa algo. Pero sentíos afortunados, porque estaréis en todos los casos ante un proceso que pocos lectores tienen la oportunidad de vivir: el nacimiento de un escritor. El escritor nace cuando regala a otros sus palabras sin esperar nada a cambio, cuando deja de esconderse en frases como «escribo para mí» o «no necesito que nadie me lea» y vence el vértigo al juicio ajeno a base de esforzarse para mejorar. Nos alimentamos de vuestro gozo en la lectura y de que un lector, solo uno, lo agradezca (si son legiones de lectores agradecidos, tanto mejor, qué duda cabe).

Todos los autores de este libro seguirán creciendo, aprendiendo, experimentando. Nuestra labor como profesores es acompañarlos en ese proceso, guiarlos sin robarles lo que son, lo que eran cuando llegaron. Hacer de ellos un escritor mejor, pero nunca uno distinto. No buscamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza, sino que se encuentren y crezcan. Porque a diferencia de vosotros, los lectores, los profesores hemos tenido el privilegio de contemplar no solo el nacimiento del escritor, sino todo el proceso hasta que ha eclosionado. Y podéis creerme, es un privilegio al que no renunciaría, al que espero no renunciar, por nada del mundo.

Mi deseo al soplar las velas de la tarta imaginaria con la que celebramos el final de este curso es que ninguno de los textos que vais a leer sea el mejor que su autor podría haber escrito, porque eso significaría que se han rendido, que han dejado de aprender. Pero sabed también que estáis ante cuentos, poemas, fragmentos… terminados de los que tanto los autores como los profesores nos sentimos muy orgullosos. Dentro de unos años estos escritores sabrán más, habrán escrito más y tendrán más arrugas en las fotos. Pero seguirán aprendiendo y todos vosotros os sentiréis dichosos por haber sido testigos de una parte del proceso. Por haberlos ayudado a mostrar sus escritos sin red de seguridad, a pecho descubierto.


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