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Róndola, de Sofía Rhei (o cómo divertirse leyendo)

Sofia Rhei
Si Vladimir Propp levantase la cabeza y se encontrara con Róndola, de Sofía Rhei, creo que la besaría (a la autora, pero también la novela) y se volvería a dormir tranquilo (y muerto de risa). 

Siempre les digo a mis alumnos que, si ellos no se divierten al escribir, el lector tampoco lo hará al leer. Pues bien, creo que Sofía Rhei se ha divertido (y mucho) escribiendo esta novela y por eso yo me he divertido tanto leyéndola. No se lo ponía fácil, además, porque me dan pereza las novelas muy largas. Los lomos de más de tres centímetros ponen mi sentido arácnido alerta desde que era pequeña, pero había leído tanto sobre Róndola (y además era un regalo hecho con mucho cariño), que me salté el aviso. Creo que en la página 20 ya se me había olvidado que faltaban casi 600 más y solo mi espalda se resentía por cargar con el libro en el bolso.

Retomar los estándares de los cuentos de hadas en el siglo XXI no tiene mucho sentido, salvo que lo hagas para dar un pasito más, para presentar princesas respondonas y príncipes que se enamoran de otros príncipes (o de vasallos), para recordar los cuentos tradicionales y presentar a los personajes con los que todos hemos crecido desde otro ángulo. Para dar consejos de escritura con sutileza e ironía, porque cuando leo esto:

—La princesa de rizos rubios… era guapísima, ¿verdad?
—No era mi tipo, la verdad.
—Era… resplandeciente, con esa  piel tan blanca como la nieve, esos ojos azules como el cielo, esa boca tan roja como…
—¿Las rosas?
—¿Cómo sabías que iba a decir eso?
De Riteris suspiró.

Yo también suspiro. Y me río. Me río porque nos está dando un tironcito de orejas a todos los escritores para que cuidemos un poco las metáforas y las comparaciones. Y así, hasta la última página.

La historia es una más de tantas que hemos leído con príncipes, princesas, paladines, dragones, magia, héroes enmascarados, marcas de nacimiento, bebés cambiados en la cuna, profecías... Una de esas historias que cumplen cien por cien las pautas que marcaba Vladimir Propp en la Morfología del cuento, pero traída al siglo XXI, que no deja pasar ni una oportunidad para reivindicar el papel de la mujer, la libertad sexual o la desobediencia y lo hace recurriendo a Rapunzel, La princesa del guisante, Caperucita y todos los cuentos de nuestra infancia.

Pero no se limita a presentar princesas que se revuelven ante las órdenes absurdas o un paladín enamorado hasta las trancas de un hombre de larga barba por la que trepar. Es que cada pocas líneas hay un mensaje directo al lector, una llamada de atención. Dos paladines se enfrentan a un bosque encantado y, cuando uno de ellos salva al otro, el narrador nos dice:

De Riteris sacó de allí a Bruni de un tirón, y lo dejó llorar sobre su hombro hasta que estuvo en condiciones de caminar. Estuvo tentado de pedirle que no volviera a abrazar ningún árbol, pero se contuvo. No hay nada más sagrado que la libertad para poder abrazar lo que a uno le dé la gana.

Róndola no solo cuestiona todos los convencionalismos obsoletos de los cuentos de hadas, también habla de verosimilitud narrativa. Porque la sociedad ha evolucionado y los lectores también. Ya no nos creemos que las maldiciones desaparezcan con un beso de amor:

La muchacha que ya no sabía quién era suspiró. Qué sencillas y hermosas parecían las maldiciones de los cuentos, esas que se rompían con un solo beso permitiendo que los protagonistas fueran felices para siempre.

En fin, podría añadir cien citas que he marcado en el libro para trabajarlas con mis alumnos, pero es mejor que la leáis y toméis vuestras propias notas. Que saquéis conclusiones.


No es perfecta, claro que no (pobre del autor que escriba un libro perfecto), pero es muy recomendable. Cuando llegué a la página 600 (sí, lo confieso, me encanta leer los agradecimientos) me sentí muy satisfecha. Una buena historia, con demasiados personajes para mi gusto, pero es que a mí me gustan las historias con pocos (ay, Tolkien, por eso lo nuestro es imposible); unas tramas más atractivas que otras (como pasa siempre que hay más de una trama); un recurso constante (a veces excesivo) del número once y un manejo exquisito del humor. Que un libro nos haga reír cuando el mundo se desmorona es un motivo muy de agradecer. Aunque tenga seiscientas páginas. O porque tiene seiscientas páginas.  

Comentarios

  1. Consigues que me apetezca ahora mismo levantarme del sofá para ir corriendo a leerlo. Gracias :)

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